El otro lado de la historia
3 Septiembre 2006
Olga Rodríguez Ulloa
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Daniel Alarcón es, sin duda, la nueva vedette de la literatura peruana. Su volumen de cuentos y su paso por Lima fueron ampliamente celebrados en la pasada Feria del Libro. Este alcance mediático, creo, no se debió sólo a la esmerada labor de la gente de prensa de su editorial en el Perú, sino, sobre todo, a la calidad y solvencia de su prosa.

Hablar de promesas en la literatura es siempre peligroso y muchas veces perjudicial. Para los jóvenes narradores entrar en las camarillas establecidas de nuestro medio es andar en una cuerda floja expuesto a que se te peguen vanidades y a encarnar rencores ajenos. Ese no parece ser el caso de Alarcón, quien goza del privilegio de la distancia.

Los cuentos de Guerra a la luz de las velas son, me atrevo a decir que todos, bastante parejos. El lenguaje del autor es hábil y preciso, como que va dejando sentadas las cuestiones que trata y hace que la narración llegue a persuadir. Muestra de ello es el relato que da nombre al conjunto. En él se describe algunos episodios de la vida de un terrorista, su participación en la guerra interna, sus ideas y su familia. La mirada de Alarcón sobre la violencia política refresca en alguna medida el panorama de publicaciones recientes que tratan este tema.

Llena de nuevas palabras situaciones conocidas para los peruanos y logra tocar la historia no sólo de manera fluida, sino también llena de contrastes y analogías creadas en otro lugar de enunciación. No es que deje de lado antiguas imágenes, como la incomunicación o la división de esa nación ilusoria en la que vivimos. Al contrario, Alarcón también muestra un país que se funda en la masacre y que vive a tientas, pero lo hace en otro lado, simbólica y efectivamente. Fernando, el protagonista de “Guerra a la luz de las velas”, es un tipo hasta cierto punto común, extraño sí en su consecuencia y compromiso, pero a fin de cuentas una persona como todas, con familiares, recuerdos y con ganas de cambiar las cosas.

Otro argumento importante del libro es el de la migración, tanto dentro del país como fuera de él. Observar no estando completamente, relacionarse con los espacios a partir de las ansias desesperadas de huir de ellos. En “Florida” un joven hijo de inmigrantes, como todos en Nueva York, narra con apatía su rutina y la de su jefe, un sujeto transido por la vida, acabado, muerto, alguien en quien él se podría convertir si no se sacude del devastador efecto de la ciudad.

Si leen el libro percibirán que los relatos se conectan, que dialogan y se interpelan. Es justamente ahí donde radica, a mi parecer, la casi proeza de Alarcón, ya que logra que como lectores y lectoras nos sintamos cuestionados, consigue que echemos un vistazo más certero, menos despistado y efectista sobre nosotras mismas, sobre la historia y acerca de algunos fenómenos terroríficos de este nuestro mundo globalizado. Más que vedette, Daniel Alarcón podría ser un francotirador novato, con oraciones cortas que calan, con puntería.

 

 
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© 2008 Daniel Alarcón